La Palabra de Dios nos enseña a buscar, llamar y pedir, orientándonos a buscar primero el Reino de Dios (Mt 6,33). Sin embargo, en Juan 4, Jesús nos revela algo profundo: Dios está buscando activamente adoradores que le adoren en espíritu y en verdad. Esto significa que no sólo debemos buscar a Dios, sino también permitirle encontrarnos como verdaderos adoradores, no sólo en los tiempos de adoración u oración, sino en un estilo de vida que exprese la adoración en cada área.
Dios quiere que le conozcamos, y Él se revela a nosotros, habiéndose revelado plenamente a través de Jesucristo. En el capítulo 6 de Isaías, vemos un encuentro que cambia la vida: Isaías vio al Señor sentado en su trono, mientras los serafines proclamaban: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:3). No era “amor, amor, amor”, “gracia, gracia, gracia”, ni “justicia, justicia, justicia”, sino “Santo, Santo, Santo”.
La santidad de Dios revela Su naturaleza totalmente distinta, absolutamente pura y separada. Dios no depende de nosotros para ser Dios. Él es totalmente Otro. A medida que nos acercamos a Él, reconocemos nuestra insuficiencia y nuestro pecado. Esta fue la reacción de Isaías: "¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy hombre de labios impuros" (Isaías 6:5). Así como Adán se escondió de Dios porque estaba en pecado, Isaías tembló ante la pureza absoluta del Señor.
La santidad de Dios no tolera la impureza y la presencia divina expone nuestro pecado. Sin embargo, Dios ofrece una solución: un serafín toca los labios de Isaías con un carbón encendido del altar y declara: “Tu culpa es quitada, y tu pecado es perdonado” (Isaías 6:7). Así mismo, en la cruz, Cristo nos purifica con su sangre, ofreciéndonos perdón y reconciliación con el Dios Santo. En Jesucristo, podemos acercarnos al Creador del universo llamándolo “Abba, Padre”.
Si queremos ser verdaderos adoradores, nuestra adoración debe reflejar una comprensión correcta de Dios. Él es Santo, y esto debería causarnos temor y reverencia. Él es absolutamente puro, lo que nos lleva al arrepentimiento. Y Él es accesible gratuitamente a través de Cristo, lo que nos lleva a la gratitud y a la alabanza.
La visión celestial de Apocalipsis 4 y 5 nos invita a contemplar la gloria de Dios y a unirnos a la adoración eterna: “Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir” (Ap. 4:8).
Reconocer que Dios está en el trono es fundamental para una vida de verdadera adoración. Cuando le adoramos, afirmamos que Él es soberano sobre todo y sobre nosotros. ¡Que Él nos encuentre como verdaderos adoradores, viviendo para Su gloria en espíritu y en verdad!