Desde el origen del ser humano, la cuestión principal y central es, sin duda, la cuestión de la identidad. La pregunta existencial que refleja esta cuestión y que se ha repetido de generación en generación es: “¿quién soy yo”? Esta pregunta a menudo busca respuesta a través de diferentes perspectivas, como la cultural, la antropológica, la somática, la profesional e incluso el desempeño del rol.
La cuestión de la identidad es tan fundamental que, antes de comenzar su ministerio, Jesucristo, después de ser bautizado, recibió una confirmación clara y audible de su identidad como hijo de Dios como está registrado en Mateo 3.17: “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” Esta identidad pronto fue confrontada por Satanás en el desierto, como se señala en Mateo 4:3: “Si verdaderamente eres hijo de Dios”,
Los ataques a la identidad de Jesús continuaron hasta el momento de su muerte. El enemigo siempre buscará distorsionar la identidad de los hijos de Dios, tal como lo hizo con Jesús y como lo hizo al principio de la historia en el Jardín del Edén.
En Génesis 3, queda claro que intentó hacer que Adán y Eva, que eran hijos de Dios, quisieran ser como Dios, aun cuando ya habían sido creados a Su imagen y semejanza, como se registra en Génesis 1:26: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”.
El enemigo sabe que cuando alguien vive con una identidad distorsionada, o cuando no sabe quién es, se convierte en presa fácil de sus ataques en todos los ámbitos.
Para que el propósito de Dios se cumpla en la vida de sus hijos, es esencial que ese niño primero sepa de dónde viene, reconozca quién lo creó y lo más importante, se conozca a sí mismo, estando convencido de lo que la Biblia dice acerca de quién es Él.
El núcleo de la identidad de un cristiano radica en ser un hijo amado de Dios. Más allá del concepto teórico, este hijo necesita vivir y moverse como alguien verdaderamente amado por su Padre Celestial, dejando que esta convicción guíe sus acciones y decisiones diarias.
Quien vive como hijo amado de Dios Padre puede cumplir fácilmente su propósito y vivir en libertad y plenitud de vida. Como hijo, entiende que su valor no está ligado a lo que tiene o lo que logra, sino simplemente a quién es. ¡Y ser hijo amado de Dios es muy bueno!
Ester, la mujer que se convirtió en reina y liberó al pueblo de Dios, enfrentó una infancia huérfana y fue criada por su prima. Ella tendría todas las razones para luchar con conflictos en su identidad. Sin embargo, el libro de Ester presenta una historia completamente diferente. Esther se revela como una mujer decidida, fuerte y valiente que tenía una clara comprensión de su identidad. Esta comprensión le permitió cumplir con valentía el propósito de su vida.
La Biblia también nos da otros ejemplos de personas que conocían su identidad, así como de quienes vivían como huérfanos porque desconocían su verdadera esencia.
¿Cómo has estado viviendo? ¿Te ves como alguien que reconoce su identidad y valor? ¿Quién tiene una relación íntima y libre con su Padre Celestial y los miembros de su familia?
Que nuestro “ABBA”, nuestro Papá, nuestro Padrecito te ayude a vivir sin distorsiones en tu identidad, permitiéndote comprender el enorme y único valor que posees, simplemente por ser hija del Eterno.
Entonces, ¿te reconoces como hija amada de Dios? Ora al Señor y ponte sinceramente en sus manos, porque sólo Él puede cuidar de ti como Padre Amoroso. Créelo ¡Gran semana!
Ester Saphira Stork
Amada hija de Dios. Ministerio de consejería y liberación. Vocero. Psicóloga, especialista en psicología clínica y terapeuta EMDR.